Costumbres, tradiciones y esquemas de comprensión se
transmiten por generaciones.
Sociedades enteras pasan el conocimiento como un sistema de
aprendizaje y de enfoque de comprensión estructurado.
Batallas por aproximaciones a los métodos de formulación y
conceptualización del comportamiento humano se libran día a día, en lo que se
denomina “sistema de precios”.
Pero no existe un sistema como tal, sino un vano deseo de
existencia estructurada, predecible, y orientativa del deseo de encontrar esa
luz, que termine con la obviedad de una sociedad a la que le sobra ignorancia,
y le falta humildad.
La magia de formular a la sociedad de manera estructurada,
radica en que no existan los errores, y la ciencia como tal merezca más
respeto.
Pero la ciencia económica se edifica sobre suelo arcilloso.
Los cimientos se desploman en cada aseveración del economista obediente, y el
sistema de precios falla, no porque sea imperfecto, sino porque no es un
sistema.
Lo que sistematiza, es el cerebro humano, una realidad carente
de forma estructurada, impredecible, incierta, con ciertos patrones asignados
por el ego.
La ciencia económica cada día aspira a más, y explica menos.
Ya no se trata de una coordinación de actividades económicas. El sistema de
precios busca explicar la salud, las drogas, la educación, la industria y hasta
la criminalidad. Todo se reduce en “el sistema de precios”.
Pero no existe razón para que todos sigamos ese camino.
Proyectos de tecnología los cuales se desconoce su precio futuro son emprendidos
día a día, solo con el afán de lograr descubrir algo.
Médicos y científicos se rompen la cabeza pensando para
mejorar la calidad de vida social o descubrir una vacuna, no porque tal tenga
un precio, sino porque se sentirían realizados al lograr una mejor sociedad,
aunque sea un poco.
Los soldados que defendieron Malvinas no fueron a la guerra
por el retorno futuro de la inversión, ni Muhammad Alí renunció a matar gente
inocente porque le dieran dinero.
Los valores no se explican en precios, ni son determinados por
ellos. Así como tampoco son contenidos en precios relativos durante un tiempo determinado.
Podríamos permanecer horas tratando de determinar quién lleva
a los funcionarios al poder, y utilizar el razonamiento de la vana ciencia
económica imperante para concluir:
“Los políticos son impulsados por el sistema de precios que
asigna importantes retornos a políticos y empresarios que los financian”
En este caso, deberíamos poder explicar el fracaso argentino
echándole la culpa al sistema de precios. En algún momento, los incentivos se
pusieron en la búsqueda del poder, y el capital financió las campañas políticas
y al Estado como botín de guerra.
En este caso, no hubo un sistema de precios benefactor, sino
todo lo contrario, un esquema de incentivos en contra de la solidaridad y la
cooperación humana.
Impera el egoísmo y la sociedad se aleja de su fin último y
principal: la búsqueda de un sistema de organización material solidario y
humano.






